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Wenceslao se había quedado dormido, yo, en cambio, decidí recorrerla. El olor a humedad era fuerte, las maderas del piso crujían, estaban podridas, llenas de musgo. Me llamó la atención una puerta entreabierta, parecía ser un armario; no me importó, entré de todas maneras. Allí dentro encontré pertenencias de un hombre, desde ropa, a una brújula y un par de fotografías, hasta que encontré una especie de diario, el cual era de un aventurero que sobrevivía día a día en la selva. Fue algo realmente genial, ya que nunca estudiamos supervivencia ni nada parecido.
Cuando Wenceslao despertó, discutimos; no sabíamos si pasar la noche en la casa o seguir recorriendo la selva con el manual en busca del grupo, él quería seguir, yo no estaba seguro.